Duende Malvado

Tiempo atrás, en un poblado de granjeros cercano a cierta ciudad de Europa, había una pequeña familia que vivía de cultivar trigo y otras hortalizas, era una familia trabajadora como todos en el pueblo. Había graneros bien cuidados por todos lados y los tractores no dejaban de sonar cuando eran usados para arar la tierra. En aquella región, algo fría y con constantes lloviznas y hermosas mañanas, la gente solía salir muy temprano a sus labores, sembraban y cosechaban, construían y reparaban.

Como en todo pueblo tranquilo, siempre se esparcían rumores en forma de mitos y leyendas, de viejos a niños. Y así mismo sucedía con las historias sobre duendes, los viejos los describían como pequeños seres arrugados con largos dedos y puntiagudas orejas, decían que eran seres obsesionados por apoderarse de los hogares de las personas, que eran como intrusos en las casas, y sobre todo advertían a los niños que jamás pero jamás se dirigieran a donde surgen los arcoíris y que si te topabas con un duende, bajo ningún motivo te metas con su oro, pues eran seres extremadamente celosos.

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Pocos niños creían en esas viejas historias, pero siempre hay excepciones, tal era el caso de Jeffrey quien siempre creyó que había algo extraño en su casa, como si esta se hallara rodeada de extrañas presencias. Lo cual no sería extraño, considerando que la familia había habitado ahí por generaciones desde sus tatarabuelos. Su abuela murió en una de las habitaciones de la casa y su padre lo hizo en el despacho, mientras fumaba su pipa, ambos con muertes algo dudosas.

En aquel entonces, Jeffrey solo tenía 12 años de edad, era curioso y le gustaba andar merodeando por los rincones de la casa. Había un espejo con marco antiguo en la vieja habitación de su abuela, la que ya nadie usaba ya que recordaban que era la habitación de la abuela y tanto la madre de Jeffrey como su hermana evitaban entrar en ella.

A Jeffrey le gustaba mirarse en el viejo espejo de su abuela, hacía muecas y se miraba por minutos mientras jugaba. Pero un día, ya casi llegando el anochecer, estaba el pequeño niño mirándose al espejo cuando vio algo que jamás olvidaría, el pequeño no podía creerlo, su cuerpo no respondía por el miedo pues la imagen lo dejo estupefacto.

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Al otro lado de la habitación, posible de ver usando el espejo, había una pequeña criatura agachada con sus rodillas dobladas, tenía orejas largas y puntiagudas, piel arrugada como la de un anciano de quinientos años y de un color grisáceo verdoso, vestía vieja ropa con zapatos negros brillantes, pantalón a media medida con grandes hebillas, ¡era un duende!. El pequeño ser estaba mirando hacia el piso donde se encontraba, pero luego fue levantando la cabeza poco a poco hasta que cruzaron miradas a través del espejo.

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Cuando el duende había terminado de levantar su mirada, Jeffrey pudo ver un par de ojos rojos que mostraban mucha malicia, tenía una sonrisa burlona que llegaba de oreja a oreja y que mostraba sus afilados dientes como podridos. Jeffrey intentó escapar pero el duende lo había paralizado con una especie de hechizo mientras miraba al niño con odio y celos y lo apuntaba con su largo dedo índice. El duende rió mientras le dijo – aléjense de mis cosas, váyanse de mi casa o sufrirán igual que la vieja de antes y su hijo – luego el duende se puso de pie mientras se acercaba al pequeño chico despacio con un rostro lleno de malicia.

Al momento que Jeffrey pudo ver al pequeño ser muy cerca de él, pudo escuchar una horrible risa y susurros donde luego se desmayó y no supo más de sí mismo, había perdido la conciencia.

Cuando despertó, el pequeño chico se encontraba en los brazos de su madre quien lloraba tristemente, Jeffrey no entendía la razón hasta que pudo ver que el mismo tenía los brazos, la espalda y el estómago lleno de arañazos y moretones. Sin necesidad de usar palabras tanto Jeffrey como el resto de la familia ya sabían que había sucedido y decidieron abandonar la casa para siempre.

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El pequeño Jeffrey nunca más pudo verse largo tiempo en un espejo, y mucho menos volver a jugar con uno, pues pensaba que ese repulsivo y malvado duende podría volver a acercarse.

Los duendes tal y como son conocidos, son criaturas mágicas, feéricas (relacionadas en algún caso con las hadas) y no forman parte de la tradición cristiana, aunque algunos demonólogos de los siglos XVI y XVII los consideraban un tipo de demonios ya al menos desde la segunda mitad del siglo XV.

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