El Silbón

“Se dice que cuando su silbido se escucha muy cerca no hay peligro, ya que el silbón está lejos, pero si se escucha lejos es porque está cerca. También se dice que escuchar su silbido es presagio de la propia muerte”

Muchos son los habitantes de los llanos de ciertas tierras calurosas que cuentan haberlo visto, época en que la sabana arde bajo el rigor de la sequía y El Silbón se sienta en los troncos de los árboles y recoge polvo entre sus manos. Pero es principalmente en los tiempos de humedad y lluvia cuando el espectro vaga hambriento de muerte y ávido por castigar a borrachos y mujeriegos, y a una que otra víctima inocente. Y es que cuentan que a los borrachos les succiona el ombligo para beberse el alcohol que ellos ingirieron cuando se los encuentra solos por el llano, y que a los mujeriegos los despedaza y les quita los huesos y los mete al saco donde guarda los restos de su padre.

Dicen que luce como un gigante alargado y encorvado de seis metros que camina moviéndose entre las copas de los árboles mientras emite su escalofriante silbido y hace crujir, dentro de su viejo y harapiento saco, los pálidos huesos de su desafortunado padre y de sus múltiples víctimas. Otros dicen que se presenta como la sombra de un hombre alto, flaco y con sombrero, sobre todo a los borrachos.

El silbon

Puede aparecerse cerca de una casa ciertas noches, dejando en el suelo el saco y poniéndose a contar los huesos uno a uno. Si una o más personas lo escuchan, no pasará nada, pero si nadie lo escucha, al amanecer un miembro de la familia de la casa morirá.

Escuchar su silbido es un presagio de la propia muerte, que puede oírsele en cualquier sitio y hora y que si lo oyes lejos entonces no te queda más salvación que el ladrido de un perro, o para otros más optimistas también el ají y el látigo. Cuando ronda cerca, es un característico ruido de huesos que chocan unos con otros ya que lleva en un saco al hombro los huesos de sus víctimas más recientes junto con los de su padre, para cuando se alcanza a oír el “crac-crac”, tal vez es demasiado tarde.

El silbon errante

Una noche fatídica de los llanos, cierto joven descubrió que algo extraño estaba pasando con su esposa y su padre, nadie pensaba que estaba a punto de desencadenarse una tragedia de entre las más atroces.

Esa misma noche, el joven entro en el granero movido por sus sospechas cuando encontró a su padre cometiendo un crimen con su esposa, unos dicen que el padre la había golpeado, otros que la violó y otros que le quito la vida, y que únicamente se justificó diciendo – ¡Lo hice porque es una regalada!-. Entonces la cólera del joven se desató y ambos comenzaron un combate a muerte, se empujaban, se golpeaban con los puños ambos ciegos de ira, entonces el joven enfurecido tomo un palo y empezó a golpear severamente a su padre hasta tirarlo al piso, donde luego lo asfixió hasta matarlo.

El abuelo del joven había escuchado toda la pelea pues se encontraba cerca de donde fue el estruendo, fue corriendo a ver qué pasaba y se encontró con el atroz parricidio, había sangre por doquier y objetos y herramientas del granero tirados por todos lados junto con el cuerpo de su propio hijo sin vida. Asombrado, conmocionado, lleno de ira y odio por lo que sus ojos veían, juró que castigaría al joven – lo atraparé, lo ataré y le haré pagar por lo que hizo – decía el hombre entre aquella muerte – mi nieto quien siendo de su propia carne y sangre osó dar muerte a quien le transmitió la vida, mi hijo.

Así pues, al poco tiempo, se encargó de que el joven fuese atrapado y atado, lo castigó dándole entonces una lluvia de latigazos que escarnaron su espalda y decía – Eso no se le hace a tu padre… – y entonces lo maldijo a deambular eternamente y sin descanso justo antes de frotarle ají en las heridas y lo entregó a los perros para que terminaran con él, quienes entre ladridos y dientes arrancaron la carne del joven hasta matarlo.

El silbon lamentándose

La historia no llega hasta aquí, ya que el muchacho revivió, y sigue deambulando por la sabana cargando los restos de su padre en una bolsa, asesinando hombres mujeriegos, siempre silbando su infernal melodía que cuando se escucha cerca, está lejos, y cuando se escucha lejos… está cerca.

Según la leyenda, el espíritu de un perro llamado Tureco perseguirá hasta el fin de los tiempos al errante Silbón a lo largo y ancho de los llanos, a quien sin descanso le morderá los talones en su andar.

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