La bruja del minero

Una mañana cualquiera, cuando el reloj marcaba las siete, Macario iniciaba su día de trabajo; como todos los días se despidió de su mujer dándole un beso en la frente.

Durante el trayecto a la mina, había un alboroto, la gente del pueblo decía que una bruja se había llevado a un bebé, pero el minero no le dio importancia porque ya era común escuchar que las brujas se llevaban a los niños.

Después de una jornada de trabajo en la mina, Macario y Luis comían.

— ¿Oye compa, por qué tu esposa siempre te pone tacos de carne para comer?

— Mi mujer dice que es carne de caballo, cuando me pone eso para comer ella se levanta muy temprano. En realidad, nunca he visto cómo la prepara, no siempre me da tacos. Por las tardes cuando llego de trabajar me da de comer otra cosa diferente.

— Deberías de espiarla, que tal si es una bruja.

Macario soltó una carcajada un poco tímida y le dijo a su amigo.

— No es posible Luis, si ya llevo diez años de matrimonio con ella y jamás ha hecho algo extraño mi mujer, no es ninguna bruja, ya me hubiera dado cuenta. Después de esto, Macario se quedó con la duda y esa misma noche decidió espiar a su mujer, para saber si lo que le decía su compañero era cierto; que él estaba casado con una bruja.

Esa noche, Macario se hizo el dormido, su esposa al ver que él “dormía”, se levantó de la cama, salió de su casa y caminó hasta adentrarse en el bosque; Macario la siguió.

Ya estando en el bosque, la mujer se quitó la piel dejándola caer al suelo y mostrando su verdadera cara arrugada y fea; Macario no pudo ver más detalles porque la bruja, de un salto, emprendió el vuelo y se convirtió en lechuza. Macario espantando por lo que había visto, corrió de regreso a su casa, tomó un frasco de sal, regresó al bosque donde se había quedado la piel y esparció la sal al cuero. Se escondió entre los árboles esperando el regreso de la bruja. Cuando ésta llegó, Macario la vio de espaldas, alcanzando a ver la horrible joroba llena de llagas, la cabeza completamente calva con verrugas, tenía unas garras con la que estiraba la piel de mujer para tornear la silueta de la que él creía que era su esposa.

No tardó mucho cuando la bruja se empezó a retorcer por la sal que le había puesto Macario a sus vestimentas falsas, se retorcía en el suelo gritando de dolor, haciendo chillidos como los de un puerco, hasta que, de un momento a otro, estos cesaron. Fue entonces que Macario se acercó y notó que la bruja había muerto. Desde aquel entonces jamás volvió a desaparecer un niño en el pueblo.

Rocío Montiel

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