Leyéndote muerto

Me persigné al bajar las escaleras. Fue un acto mecánico, repetido tantas veces que ahora no sabía si era sentido o no. Volví a mirar el reloj para cerciorarme de la hora. Al pasar por la sala no me reconocí en el espejo que ahora me devolvía, bajo el cargado maquillaje, un rostro joven, algo ajado por un sentimiento de culpa que me venía alejando del sueño desde hacía un tiempo. Apreté los labios, buscando la complicidad de mi cuerpo pero éste me respondió con un escalofrío. Caminé a la estación de trenes cerca de casa. Un hombre de mediana edad esperaba el tren. Lo miré con detenimiento. Era un frío día de invierno y el hombre llevaba unas ojotas que dejaban ver unos dedos retorcidos por la artritis. Las uñas, en completa anarquía, pedían a grito un pedicuro. No podía dejar de sacar los ojos de esos dedos rugosos y retorcidos que se me mostraban tan descaradamente. Una sensación de náusea se adueñó de mi cuerpo que ahora tiritaba como una marioneta manejada por manos inexpertas. El hombre me miró pero no dijo nada. Mejor, — pensé–, no habría sabido contestarle la más elemental pregunta. Tampoco hacía falta. Su mirada me hizo recordar que no iba a ser fácil. Quise escapar, desandar los pasos, regresar a casa, buscarme en el espejo que me había desconocido, pero fue inútil. El tren no tardó en llegar. Dejé que subiera el hombre y, todavía indecisa, esperé hasta que el guarda diera la señal de partida, para finalmente abordar el tren. Después de «validar» el boleto, me senté enfrente de un señor embebido en la lectura del periódico matutino. El hombre de la estación se levantó de su asiento e inexplicablemente se sentó a mi lado. Un frío glacial invadió el vagón. Las uñas, como garras, parecían cobrar vida propia, invadiendo mi espacio como un dique desbordado. Las sentí tan cerca que no pude evitar un escalofrío por todo el cuerpo como cuando venían ellos, siempre de blanco, con sus pinzas como tenazas, y me arrancaban las uñas, una a una y yo que quería gritar y no podía y no podía… ¿Sería acaso uno de ellos? ¿Qué hacía en este tren? ¿Por qué se había sentado a mi lado? Arranqué con esfuerzo mis ojos de sus uñas y entonces las vi a ellas, todas de negro, alineadas, enfrentadas, rigurosamente enlutadas. ¡Qué viudas más extrañas! — pensé. Un verdadero ejército de mujeres jóvenes y de mediana edad vestidas de negro para un velatorio sin muerto alguno. Y yo, ¿no era también una viuda sin muerto? Me miré la ropa, de la que se habían escapado los colores y traté de recordarlos, como un náufrago en busca de tierra firme; pero fue inútil. Por más que trataba, los colores se alejaban y me dejaban en un mundo blanco y negro. Volví a mirarlas. Todas iguales, sólo en la blusa blanca, blanquísima se permitían cierta originalidad. Qué extrañas estas viudas sin difuntos que viajan tan temprano en el primer tren de la mañana. Pintarrajeadas y ¡de negro…! De negro ¡y pintarrajeadas…! — me repetí a mí misma después de tanta observación barata. Cuando salgan del tren correrán en tropel a los grandes almacenes, no a comprar como frustradas amas de casa sino a vender sonrisas en cada: «Good morning, have you been served? How are you today? Have you had a good day?», sin importarles nada de lo que dicen.

El hombre de enfrente de mí lee el diario como si fuera el único pasajero en el tren. Una enorme barrera de papel se despliega, separándonos. Curiosa, trato de leer gratis lo que se me impone tan descortésmente. Cuando finalmente ha conseguido doblar el diario en la página apropiada, después de varias tentativas inútiles, alcanzo a ver tu foto. Vaya, lo conseguiste, una nota tuya en primera plana, no serían en balde tantas lejanías, tantas ausencias. Tu cámara, siempre tu cámara penetrando el dolor, mostrando rostros deformados por el miedo, engullidos por el hambre o detenidos en la espectacularidad de la muerte. ¿Es que hace falta que corras tanto, que estés siempre violando las fronteras del dolor? Y mi dolor, ¿acaso no es dolor? Y mi soledad, ¿no es soledad? Y mi miedo, ¿no es miedo?

El tren vuelve a parar en otra estación. Las mujeres de negro no paran de parlotear; no presto ninguna atención a tanta cháchara, no me interesa.

El hombre ha vuelto a ponerme el diario tan cerca que ahora puedo verte mejor. Joven fotógrafo muere en atentado terrorista. ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Dónde? ¿En qué momento se fue todo, en qué momento te fuiste? Tú y yo = nosotros. Tú = yo. Yo = tú. Una lágrima cae silenciosa por mi rostro, buscando la complicidad de otras lágrimas que la siguen hasta tener el complot perfecto. El señor da vuelta la página, se da cuenta y por encima del diario me echa una mirada compasiva, ampliada por unas gafas monstruosas. «Pobre mujer, la habrá abandonado el marido», habrá pensado antes de enfrascarse nuevamente en la lectura salvadora. Como queriendo protegerse del dolor cercano, –Bosnia, Eslovenia, Ruanda, están muy lejos — yo estoy muy cerca, vuelve a acercarme el periódico como si yo fuera tan miope como él. Leyéndote muerto, pienso en tu mujer, la que a partir de mañana comenzará a vivir la mitad de su vida, «A partir de mañana comenzaré a vivir, la mitad de mi vida, la mitad de mi muerte…», la que a partir de mañana será tu viuda, tu viuda oficial, per sécula seculorum, amén.

Tú y yo éramos nosotros, tú y ella eran ustedes, erais vosotros, tú eras, vos eras, ella es y yo soy. Linda lección de gramática. Ella estará sola; yo estaré más sola aún. No, no estaré sola, tengo un pedazo de ti, una tajada de ti, algo tuyo y mío que hoy quería destruir para no dejar huella alguna de tus promesas vanas, de tus retazos de tardes y de noches robadas a la otra. «Verás cómo de este año no pasa. No la aguanto más», pero parece que la aguantabas y cómo la aguantabas. «Cariño, comprende que no puedo dejarla, me necesita», como si yo no te hubiera necesitado nunca, cretino. «Ya, no te pongas histérica, la dejaré, te juro que la dejaré, dame tiempo”. ¿Cuánto tiempo querías? ¿Una eternidad? ¿Toda una vida?

¡No! ¡No! Y ¡No…! No voy a dejar que te me vayas. Lo tendré, será mío, solamente mío. La viudita nunca te dio un hijo, ni acostándose con un ejército te lo daría. Pero yo sí, yo sí.

El hombre de las gafas me mira con espanto”.Señora, ¿se siente usted bien?», me dice mientras trata nerviosamente de doblar el periódico con una meticulosidad enfermiza. «Señora, ¿se siente usted bien?», vuelve a repetirse, ahora con el periódico cuidadosamente guardado en el pulcro maletín de ejecutivo. No le contesto, ¿para qué? no lo va a entender. Me limito a sonarme la nariz y a exterminar las indómitas lágrimas con un kleenex que ha sido reciclado varias veces.

A modo de epílogo.

Ahora la veo mejor, está enfrente de mí, ha vuelto a tomar el tren. La miro de reojo. No es bella pero irradia una rara belleza. La miro y me sonríe con una sonrisa cómplice. Yo soy, yo era, yo fui esa muchacha del tren.

Maria Lorenzin

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